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Víctor: ese extraño genio.

Juan Gossain
La pelota hierve en un ruido de metralleta. Sordo y seco. Víctor aprisiona el balón en los botines. Flecha, víbora, saeta, campana, banderola. Pasa a uno, dos, tres contenedores. Se revuelca en la gramilla una epilepsia de colores. El estadio reverbera bajo el sol. La tribuna se revienta de aplausos populares.


Bailarín, bisturí, tirabuzón, Víctor se escabulle como un pez. Acróbata. Se balancea sobre la cintura. Y juega frente a la valla adversaria con el alma, el pecho, el pie.

Sale a flote como un submarino rojo y blanco y todavía la bola adherida a los cordones. Al tacón. Es entonces cuando la tribuna ruge como el mar. El estadio parece un oleaje que se quiere desbordar. Sobre el césped la gloria se parte en pedazos.

"Nací en Engenho de Dentro. Un barrio de Río de Janeiro. Un barrio común. Normal. Un barrio como cualquier otro, lo que pasa es que en Río de Janeiro los barrios son muy grandes y cada uno parece un pueblo aparte. Mi papá, no tengo ni idea del oficio que él hacía cuando yo nací, se llamaba Ephanor Víctor Da Costa. Me puso a mí el mismo nombre. Ephanor no me gusta, es muy raro, y prefiero que me llamen solamente Víctor, sin Ephanor y sin Da Costa. Mi mamá se llamaba María da Penha Leite. Leite significa leche en portugués. La gente se va a preguntar por qué yo ni siquiera sé cuál era el oficio de mi padre. Eso parece extraño, pero la verdad es que yo aperastero, lo que hasta su muerte, lo sigo siendo el día que me anunciaron que se había muerto y lo sigo siendo hasta el momento. Tengo de él una memoria muy vaga, demasiado confusa. Lo único que recuerdo es que físicamente era igualito a mí. De mamá ni sé. Nunca sentí amor por mis padres: esa es la verdad. Yo era un niño muy solitario, no hablaba nunca y me encerraba en un cuarto. A veces me iba por las calles horas enteras vagando, caminaba sin rumbo".



día de la presentación de Víctor Ephanor en el municipal

Su cuerpo es una aguja de colores en el paisaje a primera vista, sobre el rectángulo de juego, parece contrahecho. Produce la impresión de tener unas piernas demasiado largas para el tronco. Y camina como si estuviera sostenido por una varilla en la espalda. Es prematuramente calvo, sobre la frente, pero el pelo encrespado le cuelga sobre las sienes, las orejas y la nuca. Pero Víctor se transforma cuando el silbato del árbitro hiere la tarde. Y la pelota hace  un "¡pim-pam-pim!" sobre el gramado. Entonces se convierte en un lince. Es un dolor de cabeza para el rival.


"Lo único que recuerdo bien, claramente, dulcemente de mi infancia, fue lo que ocurrió a los ocho años, un domingo por la tarde: jugué fútbol por primera vez. Es lo más importante que me ha sucedido en mi vida. Flamengo era el equipo popular, la maravilla del mundo, y en el barrio hicimos un equipo con el mismo uniforme de Flamengo. Queríamos ser estrellas, como ellos, y los papás de los muchachos regalaron los uniformes a sus hijos, pero como yo no quería pedirle nada a mi papá, porque yo no lo quería a él, los papás de los otros pusieron cada uno un poquito y me regalaron mi uniforme. Pero me tocó jugar sin zapatos. Porque la plata apenas alcanzó para la tela. Era doloroso: me pisaban, me restregaban los tacos de cuero que los zapatos de fútbol tienen en la suela, me herían los pies, pero yo seguía jugando. Sangré muchas veces. Le voy a contar una historia curiosa: en aquel equipito de barrio, la imitación de Flamengo, a mí me dieron el No.10 en la espalda. Porque decían que yo era como Dida, el No. 10 del Flamengo que después jugó en el Junior. Nunca pude conocerlo, pero ya ves las coincidencias: Dida también estuvo en el Junior".

A veces cuando no está entrenando, cuando transcurren los escasos de su vida en que no tiene una pelota de cuero por delante, Víctor lee novelas  de pistoleros, aventuras de vaqueros del oeste. Casi siempre anda solo por los pasillos de la sede del Junior, en donde vive. Vestido con unas bermudas amarillas y una camiseta de franela.

"Aquel día inolvidable, el primer día de fútbol en mi vida, jugué hasta por la noche. Estaba cansado, sin fuerzas, ya me caía sin correr, pero seguía jugando. Muchas veces me he sentido contento cuando hago un gol, cuando lo hice con el América, un gol yo solo, después de sacar a 5 rivales, pero jamás he vuelto a sentir la felicidad de aquel día. Entonces decidí fugarme de la casa. Tenía nueve años. Aparecí en la casa de mi madrina. Ursulina López Moreyr. Su marido había muerto y tenía seis hijos. Empecé a sentirme niño por primera vez. Mi madrina era la primera persona del mundo a quien yo verdaderamente quería. Ella fue mi verdadera madre. Sus hijos me trataban como un hermano. Tuve juguetes por primera vez, pero a mí no me importaba eso: lo único que yo amaba con toda el alma era el balón, creo que en esta vida he amado más al balón que a la gente. A los diez años empecé a ir a la escuela. Mi madrina me regalaba los libros, pero a mí no me gustaba estudiar. Entonces mi madrina se puso furiosa porque ella quería que jugara menos y aprendiera más. Hubo una pelea en la casa: tres hijos estaban a favor de ella y tres a favor mío. Terminé abandonando la escuela. Recuerdo una tarde que estábamos jugando en la calle a la vuelta de la casa y me mandaron a llamar. En la salita de mi madrina estaba una señora a la que yo no recordaba bien. Mi tía Casilda y la acompañaba un hijo suyo. Casilda me dijo: "Ephanor, murió tu papá". Yo solo respondí: "Ah, bueno. Salté una tapa para cortar camino, regresé a la cancha, seguí jugando y anoté tres goles. Mi madrina no me pegaba nunca, pero en cambio sí me pagaba Floriano, su hijo mayor, que ahora trabaja como contador en Río de Janeiro, en una fábrica de ventiladores eléctricos. Un día tuve que revelarme contra él: se quitó el cinturón para pegarme y yo me armé de un cenicero de bronce grandísimo, y casi le desbarato la cabeza".

No le molesta que la gente le pida su firma como recuerdo, pero sí le mortifica cuando la gente lo detiene en la calle para hablar de lo mismo: el fútbol. Por eso prefiere guardar silencio. Cuando los locutores le piden declaraciones y conceptos, prefiere decir que no habla casi a causa de su español desastroso, pero la verdad-según confiesa él mismo- es que no le gusta hablar delante de desconocidos.

"A mi madre no la he vuelto a ver más desde los nueve años. Ni he sabido de ella. No sé si está viva o muerta. La verdad es que como ella tampoco me importó, al igual que mi padre, y siempre me he sentido un hombre solo, sin nadie, nunca me he preocupado de averiguar por ella. Con mi madrina, por ejemplo, me ocurre una cosa extraña: sé cuánto le debo, estoy comprometido de su gratitud como a un hijo: yo le he dicho a ella que no me gusta cuando me dice que me quiere como a un hijo. No acepto cariño de nadie, ni lo necesito, tal vez porque nunca he sabido lo que es eso. Jamás tuve familia. Y, además, una persona, una persona desconfiada, no tengo verdaderos amigos y no me importa tenerlos, porque yo sólo creo en mi vista. Con mis compañeros de equipo lo que ocurre es que hay una amistad profesional. Eso es distinto. Yo por ellos siento respeto más respeto que cariño".









Comentarios

  1. Hermosa y bella historia del artista Victor Ephanor...idolo del idolo del Ecuador

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