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Heleno por punta y punta.

Gabriel García Márquez

Hace dos domingos el público de Barranquilla asistió al Estadio Municipal con el único objeto de presenciar el retorno del doctor Heleno de Freitas. Tengo la impresión de que, más que las manos para aplaudir, la hinchada llevaba preparados los carrillos para la rechifla. No era el mismo Heleno de dos años atrás el que aparecería esa tarde en la grama. Era un hombre completamente distinto, dos años más viejo, pasado ya por los hornos de un concienzudo análisis multitudinario cuyos resultados se ignoran aún, puesto que nadie que sepa de fútbol se ha atrevido a decir, sin temor a ser rectificado el domingo siguiente, si Heleno es un genio o un payaso.

Los dirigentes del Junior han traído de nuevo al abogado brasileño a las canchas colombianas y con ello han demostrado tener un inteligente conocimiento de la psicología colectiva. Un público que paga para ver un espectáculo de primera, es, en cierta forma, un público desesperanzado, al que ningún atractivo ofrece el porvenir. Sin embargo, estando Heleno en la proa, todo hincha asiste al estadio con el billete de una lotería que paga por punta y punta.
Porque Heleno no tiene términos medios, o, al menos, el público no ha querido reconocerlos. O se comporta como un charlatán, y en ese caso el público sale librado con la cifra del otro extremo. La apetecida cifra que da oportunidad a los pitos. En ningún caso un partido en el que participe Heleno tiene probabilidad de resultar un chasco, porque rechiflar, también como aplaudir, es una manera colectiva de reconocer públicamente un hecho.
La hinchada debió observar, por las fotografías que se publicaron en la prensa local, que Heleno no parecía haber hecho en Río de Janeiro nada distinto de engordar. A su retorno a la capital brasileña, en donde se le recibió como al protagonista central de la película de bandidos, con revólveres y bofetadas de ida y regreso, el maestro -o el payaso- descuidó su régimen, guardó en el ropero, junto con los guayos y demás artefactos del oficio, sus diarias prácticas de gimnasia sueca, y se sentó a esperar a que se le diera una absolución que llegó de donde menos se esperaba, en el equipaje episcopal de Régulo Matera. Por entonces Heleno había empezado a engordar. Y el público de Barranquilla, que lo advirtió desde el instante de su llegada, rompió todas las alcancías para darse, otra vez, el gusto de rechiflar a Heleno.

Como ya me aventuré a pensarlo hace algunas semanas, ahora el Junior está completo. Cuando gane, será un equipo admirable, bien acoplado, con una moral de cemento armado. Cuando pierda —ojalá eso acontezca muy pocas veces—, Heleno será un farsante, un chapucero del esférico. Y el público feliz, porque en fútbol se cumple la regla de que cuando el equipo gana, gana también la hinchada, pero cuando pierde, le corresponde llevar sólo la hojarasca de la derrota. En este último caso, la hinchada se limita a pagar las apuestas y a decir —en el caso del Junior— que mientras Heleno de Freitas esté en Colombia, las barras rojas y blancas no levantarán cabeza.

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