Ir al contenido principal

José Escorcia: páginas nobles y sucias del fútbol de nuestros anales

Chelo de Castro

Cuando este columnista decide escribir sobre hechos deportivos de los años 30 y 40 del siglo anterior, abundan los amigos y conocidos que suponen que ello se debe a una falta temporal de mejores temas, lo cual es absolutamente falso. Salvo un acontecimiento trepidante, mejores temas de la actualidad no le dan ni por las corvas a las páginas pretéritas más intensas del deporte regional. Desde luego, esto es válido cuando ese “deporte regional” tiene episodios que no sólo fueron emotivos en su aparición, sino que han resistido la corrosión de los años ulteriores y por ende mantienen una bella vigencia histórica. En otros pasajes la vigencia no es bella, sino maquiavélica, pero a la vez es inolvidable.


 Siempre hemos guardado un recuerdo vivo, vivísimo de José Escorcia. Cuyo único defecto como persona era que tenía la ira a flor de piel. Pero eso en la concentración de Atlántico para los Juegos de 1935, en una simple partida de dominó y por un mísero centavo en la disputa, mató de una salvaje patada a un compañero.

Eso y la ‘plancha’ brutal que un medio defensivo antioqueño le hizo a Gabrielito Díaz Granados, fracturándole en dos partes el tobillo y sacándolo de por vida del fútbol, determinó que Atlántico, campeón en Medellín, no pudiera ratificar su título en su propia tierra. Sacarle un gran arquero y un extraordinario centro delantero a cualquier equipo en el mundo es condenarlo a que se despida del título.

Escorcia estuvo en la cárcel un corto tiempo y vinieron luego los Juegos de Manizales. Era el mismo Escorcia de siempre; el que se le tiraba a los pies a un delantero en el instante preciso en que iba a patear, chocando violentamente con su pierna, pero anulándole dramáticamente su magnífica posibilidad de gol. Y en el partido entre Atlántico y Magdalena —por aquellas calendas los que mejor jugaban y por consiguiente animaban siempre la final—, en el primer tiempo Escorcia le tapo de todo a los samarios, que allí mismo urdieron una maniobra sucia, indecente e impropia de deportistas. Sonado el pito del árbitro, para el tiempo de descanso, Escorcia salía caminando hacia la banca de Atlántico cuando le salió un jugador suplente de Magdalena (por supuesto que tenía que ser suplente, de acuerdo con los planes) para gritarle varias veces:

-”¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!”

Por supuesto, ellos conocían el temperamento de Escorcia, que de inmediato “levantó” a trompadas al insultador. ¿Y qué hace la ‘belleza’ del árbitro? ¡Lo que ellos buscaban! Que echara del juego tanto al jugador de ellos como a Jose Escorcia! Fausto Muñoz, delegado de Atlántico, primero trató de persuadir al árbitro de la perversidad del hecho provocador, y al no conseguirlo le dijo al silbato “hasta zambacanuta”, botándolo éste también. Se tuvo que poner en reemplazo de Escorcia a Digno Matos y a éste —¡pero como no!— en el segundo tiempo le metieron 3 goles.

Este columnista le contaba a Roberto Meléndez algo en lo que éste no había caído en cuenta, luego de haber regresado invicto el Atlántico del campeonato nacional de Medellín, que tanto le ardió a magdalenenses y antioqueños. Se comenzó casi de inmediato el campeonato departamental de 1932, que fuera dividido en dos largas vueltas. Escorcia, arquero del Juventud, mantuvo en la primera vuelta su arco incólume, sin que ningún equipo pudiera hacerle un gol. ¡Algo extraordinario en cualquier tiempo, ido o venido! El ‘Flaco’ Meléndez nos apuntaba que entonces no se llevaba ninguna estadística distinta a los resultados y era muy cierto. Y lo que le ardió de veras a este escribidor fue que comenzó la segunda vuelta y el primer partido fue Unión Colombia versus Juventud, que ganó éste por 4 goles a 2. Los dos goles del Unión Colombia: ¡dos penas máximas! La primera cobrada por Gabrielito Díaz Granados, que ni con 5 botellas de ron entre pecho y espalda fallaba un penal, y el segundo lo cobró Néstor Ochoa. Ambos le patearon a Escorcia a un metro de altura y pegado el balón al poste derecho.

Así se truncó lo que estamos seguros de que a estas alturas todavía sería una marca para arqueros. Ahí les dejamos a nuestros lectores unos cuantos recuerdos sobre lo que siempre hemos creído y seguimos creyendo ha sido el mejor fútbol amateur de Colombia en todos los tiempos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Figura y fama de Vigorón Mejía

Chelo De Castro   Vigorón destrozaba los avances de los equipos contrarios. Su muerte se dice que fue por un balonazo en la cabeza. En el deporte barranquillero, como en el béisbol de esta ciudad, existieron dinastías de jugadores: los Mejía en el fútbol y los Arrieta, en el béisbol. Estos últimos eran más numerosos que los Mejía. Una familia más numerosa que los Arrieta no se consigue. Eran ocho miembros en la familia, todos hijos del señor Arrieta y la señora Jazmín. Cinco hombres eran beisbolistas y tres mujeres eran softbolistas. Por supuesto, eran una familia atlética hasta más no poder; las hembras jugaban sóftbol, a excepción de Josefina, que era atlética de pista y campo. En la familia Mejía comenzó a figurar el bordón, pero era el más alto y mejor tornado de todos. Como sus hermanos eran delanteros del Junior, Vigorón —que así era conocido entre los jugadores— era el menor de los Mejía y muy destacado, por cierto. Gabriel 'Vigorón' Mejía En las filas del equipo Junior,...

El Juramento

Gabriel García Márquez : Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Heleno de Freitas  Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer a las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de lo que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados se sienten como un calamar en...