Ir al contenido principal

Figura y fama de Vigorón Mejía

Chelo De Castro

 Vigorón destrozaba los avances de los equipos contrarios. Su muerte se dice que fue por un balonazo en la cabeza.
En el deporte barranquillero, como en el béisbol de esta ciudad, existieron dinastías de jugadores: los Mejía en el fútbol y los Arrieta, en el béisbol. Estos últimos eran más numerosos que los Mejía.
Una familia más numerosa que los Arrieta no se consigue. Eran ocho miembros en la familia, todos hijos del señor Arrieta y la señora Jazmín. Cinco hombres eran beisbolistas y tres mujeres eran softbolistas.
Por supuesto, eran una familia atlética hasta más no poder; las hembras jugaban sóftbol, a excepción de Josefina, que era atlética de pista y campo.
En la familia Mejía comenzó a figurar el bordón, pero era el más alto y mejor tornado de todos.
Como sus hermanos eran delanteros del Junior, Vigorón —que así era conocido entre los jugadores— era el menor de los Mejía y muy destacado, por cierto.


Gabriel 'Vigorón' Mejía


En las filas del equipo Junior, Vigorón era un defensor y destrozaba los avances de los equipos contrarios.

Un jugador de la formación física de Vigorón estaba destinado a permanecer mucho tiempo en la defensa del Junior, pero el destino había dispuesto otra cosa. Se dice que fue un violento balonazo en la cabeza de Vigorón.

Lo cierto es que empezó a manifestar fallas en la defensa del Junior, aparentemente parecía que se había recuperado, pero no había tal, por último fue reemplazado por otro jugador.

Vigorón ingresó a las filas de los jugadores enfermos y allí era un exjugador. Este cronista lo abordó en la venta de tinto de la Alcaldía y le dijo que Roberto Meléndez lo esperaba para entrenar, pues tenían un partido con los samarios. Fue la oportunidad para que Vigorón nos dijera que su enfermedad era más seria de lo que aparentaba. A los pocos días de esta conversación ya era un cadáver.

Su muerte fue registrada en todos los sectores deportivos de la ciudad como una pérdida irreparable.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

José Escorcia: páginas nobles y sucias del fútbol de nuestros anales

Chelo de Castro Cuando este columnista decide escribir sobre hechos deportivos de los años 30 y 40 del siglo anterior, abundan los amigos y conocidos que suponen que ello se debe a una falta temporal de mejores temas, lo cual es absolutamente falso. Salvo un acontecimiento trepidante, mejores temas de la actualidad no le dan ni por las corvas a las páginas pretéritas más intensas del deporte regional. Desde luego, esto es válido cuando ese “deporte regional” tiene episodios que no sólo fueron emotivos en su aparición, sino que han resistido la corrosión de los años ulteriores y por ende mantienen una bella vigencia histórica. En otros pasajes la vigencia no es bella, sino maquiavélica, pero a la vez es inolvidable.   Siempre hemos guardado un recuerdo vivo, vivísimo de José Escorcia. Cuyo único defecto como persona era que tenía la ira a flor de piel. Pero eso en la concentración de Atlántico para los Juegos de 1935, en una simple partida de dominó y por un mísero centavo en la...

El Juramento

Gabriel García Márquez : Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Heleno de Freitas  Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer a las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de lo que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados se sienten como un calamar en...