Ir al contenido principal

Othón Dacunha: pasión por el Junior.

Javier Castell
Su fútbol grácil y atrevido le dieron un sitio de honor en el corazón de los hinchas. Lo vi gambetear sin tocar el balón, solo con la cintura, insinuando ir hacia una dirección y tomar otra. El imaginario futbolero dice que los punteros son jugadores individualistas, aislados y algo locos. Pues, Dacunha contradijo todo eso. Fue el más altruista, colectivo y cuerdo compañero de los delanteros; jugaba e inventaba cada engaño para entregarles el balón precisa y generosamente, y dejarlos frente al arco de cara al gol.

Otho (sin la N, así lo llamamos) entendió desde siempre que el mejor valor de un jugador es jugar para el equipo. Él lo hacía desde su valentía para ir a buscar a los marcadores, para confrontarlos y llevarles un tremendo problema: cómo descifrar las intenciones de su hamaqueo interminable, de sus amenazas hacia un lado y hacia otro.
El paso de los años y su inteligencia de juego hicieron que el escurridizo puntero mutara a un sesudo y pasador medio campista.
Cuando las leyes implacables del tiempo le mostraron que su experiencia, conocimientos y pasión por el fútbol y el Junior tenían que ser puestos en escena fuera del campo, se convirtió en entrenador. Vivió entonces para enseñar con toda la intensidad y la entrega de los maestros. Su sencillez fue su primera lección. Su respeto en el trato fue su pasaporte a la confianza de sus alumnos. Sus conocimientos y métodos abonaron el terreno de la credibilidad.
Su VIDA, así en mayúsculas, se la entregó a Junior. Su vida fue Junior. Si alguien en la historia del club barranquillero merece un homenaje eterno, una exaltación física en algún lugar visible de la casa Junior, ese es Othón Alberto Dacunha. Sería el verdadero símbolo del amor por una camiseta, de la fidelidad por una institución. Cuando se quiera explicar a los nuevos jugadores qué es el orgullo de pertenencia, habría que llevarlos a ver ese emblema y contarles su bellísima y comprometida historia con el equipo.
La vida le ha puesto el marcador más infame y despiadado al frente: la pérdida de la memoria. ¿Quién sabe por qué le pasan estas cosas a un ser humano tan noble que nos enseñó de fútbol y de la vida? Me resisto a creer que en algún recodo de su cerebro no estén, todavía, las claves para gambetear con la cintura a un defensa y los anagramas de cómo se puede ser feliz sirviendo a los demás. Ese es su legado. Y transmitirlo debería ser nuestro compromiso con él. Aquellos que tuvimos el privilegio de ser sus jugadores y el honor de ser sus discípulos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

José Escorcia: páginas nobles y sucias del fútbol de nuestros anales

Chelo de Castro Cuando este columnista decide escribir sobre hechos deportivos de los años 30 y 40 del siglo anterior, abundan los amigos y conocidos que suponen que ello se debe a una falta temporal de mejores temas, lo cual es absolutamente falso. Salvo un acontecimiento trepidante, mejores temas de la actualidad no le dan ni por las corvas a las páginas pretéritas más intensas del deporte regional. Desde luego, esto es válido cuando ese “deporte regional” tiene episodios que no sólo fueron emotivos en su aparición, sino que han resistido la corrosión de los años ulteriores y por ende mantienen una bella vigencia histórica. En otros pasajes la vigencia no es bella, sino maquiavélica, pero a la vez es inolvidable.   Siempre hemos guardado un recuerdo vivo, vivísimo de José Escorcia. Cuyo único defecto como persona era que tenía la ira a flor de piel. Pero eso en la concentración de Atlántico para los Juegos de 1935, en una simple partida de dominó y por un mísero centavo en la...

Figura y fama de Vigorón Mejía

Chelo De Castro   Vigorón destrozaba los avances de los equipos contrarios. Su muerte se dice que fue por un balonazo en la cabeza. En el deporte barranquillero, como en el béisbol de esta ciudad, existieron dinastías de jugadores: los Mejía en el fútbol y los Arrieta, en el béisbol. Estos últimos eran más numerosos que los Mejía. Una familia más numerosa que los Arrieta no se consigue. Eran ocho miembros en la familia, todos hijos del señor Arrieta y la señora Jazmín. Cinco hombres eran beisbolistas y tres mujeres eran softbolistas. Por supuesto, eran una familia atlética hasta más no poder; las hembras jugaban sóftbol, a excepción de Josefina, que era atlética de pista y campo. En la familia Mejía comenzó a figurar el bordón, pero era el más alto y mejor tornado de todos. Como sus hermanos eran delanteros del Junior, Vigorón —que así era conocido entre los jugadores— era el menor de los Mejía y muy destacado, por cierto. Gabriel 'Vigorón' Mejía En las filas del equipo Junior,...

El Juramento

Gabriel García Márquez : Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Heleno de Freitas  Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer a las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de lo que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados se sienten como un calamar en...