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El barrio en el corazón.

Andrés Salcedo.

Mi amor por el Junior puede compararse al que le tengo a mi barrio. Para ser más exactos, se trata de dos amores que se confunden en uno solo. Ahora, tantos años después, no puedo recordar en qué momento, desafiando a mis hermanos mayores, que eran del Sporting, me hice hincha del Junior.


Supongo que algo tuvo que ver un par de pequeños incidentes callejeros. Una mañana en que andábamos persiguiendo a unos gatos por una acera en la calle Bolívar, vimos a un grupo de cinco jugadores brasileros del Junior saliendo del edificio donde vivían, en la esquina de Bolívar con Líbano.

Supe que eran brasileros y que jugaban en el Junior porque uno de los muchachos de la barra, "geño" Galindo, que vivía cerca de ese edificio, los conocía y los llamaba por sus nombres. Ary, que era el arquero y el más alto del grupo, llegó hasta donde estábamos, me agarró por los dos brazos, me elevó a la altura de su cara ancha y morena, me pico el ojo y metió una boleta para el próximo partido de Junior en el bolsillo de la camisa.

Recuerdo también a Heleno de Freitas sentado en el asiento trasero de un carro muy lujoso que cruzó la placita de San Mateo interrumpiendo nuestro juego de chequitas. Nunca he podido olvidar sus ojos desorbitados mirando a través de la ventanilla hacia ninguna parte.

Mi corazón de niño se conmovió al ver aquella cara inexpresiva. No sé por qué supe enseguida que aquel hombre cuyo nombre coreaba la gente al paso del automóvil entre una nube de polvo, no estaba en sus cabales. Y lo seguí pensando en los días que siguieron.

Supongo que entonces, la sífilis cerebral que terminó con su vida algunos años más tarde en un hospital de Minas Gerais, había empezado su trabajo destructivo en la mente de "o atleta mais belo do Brasil".

Recuerdo vivamente un partido en que jugó Heleno y tapó Ary. En el campo estaban también los otros brasileros que acompañaban al arquero aquella mañana de gatos apedreados: Marinho, Haroldo, Tim y Berascochea. Este último jugaba de centro medio y alguien me dijo, o quizás lo leí en alguna parte, que aunque andaba y se comunicaba en portugués con los brasileros, en realidad había nacido en Uruguay.

En ese equipo jugaba también el rumano Negrescu y uno de los mejores futbolistas barranquilleros de todos los tiempos, Valerio Delatour. Y, por supuesto, los infaltables "Vigoron" Mejía y "Memuerde" García.

El equipo que Junior tenía enfrenta era la mitica "Danza del sol", el Medellin de los peruanos, al que Lucho Bermúdez le compuso una canción que llegó a ser muy popular en aquellos días.

Ahora no recuerdo cómo terminó ese partido, sólo sé que el corazón se me aceleraba cada vez que Ary atajaba los disparos de Drago, Félix Mina y Chano Campos. En algún momento del partido vi a Heleno metido en medio de una trifulca que se armó casi al final. Fue la única vez que se le vio revuelto el perfecto peinado de cantante de tangos.

A veces pienso que uno, que ha ido a ver tantos partidos del Junior, en realidad ha visto solo uno. Un solo, interminable partido en que la pierna que saca el remate que nos hace vibrar es unas veces la de Quarentinha y otras, la del "Gordo" Valenciano.

Con la vida en el barrio pasa lo mismo. La memoria se hace un lío cuando intentamos precisar con quién bailamos aquellos merengues de Ángel Viloria abriendo una fiesta de carnaval. La conclusión inevitable es que hemos ido a un solo baile, besado a una primera y única novia inmortal, volado una sola cometa y apedreado al mismo pobre gato callejero.

Nunca, que yo sepa, he salido de las cuatro o cinco cuadras donde transcurrió mi infancia, ni siquiera cuando la vida me llevó tan lejos. Ni he perdido la fe heroica en ese equipo de rayas rojas y blancas donde jugaron los primeros hombres que admiré.

Los rostros de mis amigos de infancia, los labios de las muchachas que amé y los balones que metían Heleno y el "loco" Airton en el área enemiga, siguen brindándome compañía algunas noches de insomnio. Pero también el penalti fallado por Méndez y una que otra goleada de pesadilla.

El escritor argentino Macedonio Fernández decía que había placeres y dolores de juguetería y
 de herrería. Yo he sentido unos y otros entregándole mi amor sin reservas a este equipo que se metió en el alma por la misma época en que se aprendía en mi barrio que la vida está hecha de todas esas cosas que la hacen tan poética, heroica, bella y desgarrada: el amor, la lealtad, el sufrimiento, el honor, la tristeza, el desengaño. Cosas que no están hechas para que duren solo noventa minutos.

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